Helen Liberman y el Premio Convivencia

 

“Cuando los primeros colonos holandeses, encabezados por Jan Van Riebeeck, llegaron al Cabo de Buena Esperanza en 1651, seguramente nadie fuera consciente de que se estaban escribiendo los primeros capítulos de una de las historias más cruentas y apasionantes de los últimos siglos. Aquel ferviente católico calvinista, cuya misión era plantar lechugas para prevenir el escorbuto entre los marineros de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales –fundadora, entre otras, de la Ciudad de New York- era el primer hombre blanco en establecer su residencia en el extremo sur del continente africano. Y lo hacía, además, con una consigna clara que sería una constante en los siglos venideros: evitar cualquier mezcla, cualquier contacto, con los nativos de la zona.

La historia de la República Sudafricana es bien conocida por todos. Las políticas filonazis que inspiraron el apartheid, que llegan a incluir la elaboración de venenos para eliminar sólo a los negros, dejaron al descubierto una realidad dramática: el poder blanco de una selecta y próspera minoría blanca sustentada sobre una mayoría negra condenada a vivir en condiciones miserables. Escuelas sólo para negros, donde estaba terminantemente prohibido que se enseñaran ciertas asignaturas; autobuses o asientos para blancos y autobuses o asientos para negros. Hasta el deporte llegó, también, el fanatismo. La hegemónica selección sudafricana de Rugby que hoy es campeona del mundo está integrada, prácticamente, por blancos. A los jugadores de la selección de fútbol que en junio hará las veces de anfitriona del mundial, les caracteriza también el color de su piel. Salvo contadas excepciones, los Bafana Bafana son negros.
Daba igual que en algunos barrios de Ciudad El Cabo la convivencia y el mestizaje entre blancos y negros fuera real; daban igual, incluso, los esfuerzos que, a finales del siglo XIX, realiza en Sudáfrica un joven abogado indio llamado Mohandas Gandhi adelantando el mensaje de dignidad, igualdad y respeto que luego le llevaría a la inmortalidad; la nación “arco iris”era, básicamente, blanco sobre negro.

Cuando se habla del cambio experimentado por Sudáfrica en los últimos años del siglo XX, se menciona a algunos nombres que cualquier ciudadano medianamente informado y con un mínimo de curiosidad por la historia puede identificar de carrerilla. El arzobispo Desmond Tutu, el exel ex presidente Frederick De Klerk y, sobre todo, un abogado negro, descendiente de reyes thambúes y que luego presidiría el país llamado Nelson Mandela son señalados, casi unánimemente, como símbolos, como motores y artífices del final del apartheid. Pero no son los únicos.

El hospital Groote Schuur de Ciudad El Cabo estaba considerado como uno de los mejores del mundo en su época. Pero, como todo en Sudáfrica, estaba dividido en dos: un edificio para blancos y otro para negros. En ese mismo centro médico, por ejemplo, un blanco con artritis, Christian Barnard, realiza a finales de los sesenta los primeros trasplantes de corazón. Con algunos casos, además, alegóricos: durante 563 días el corazón de un hombre negro late en el pecho de un blanco. En ese mismo hospital trabaja una enfermera blanca, llamada Helen Lieberman. Está casada con un brillante abogado, y vive en una posición social acomodada. Pero una tarde, su vida empieza a cambiar.
La tarde en que Jeremy, un pequeño negro recién nacido, desaparece del hospital. Temerosa de un fatal destino, se monta en su vehículo y se introduce en un ghetto negro que no suelen frecuentar los blancos. Tras preguntar por los callejones por el pequeño Jeremy, lo encuentra en una pobre casa, pero se encuentra con algo que la horroriza más aún: la incomprensión y la desconfianza de los familiares del pequeño, que la reciben con gritos hostiles. Pese a todo, convence a la madre para regresar al hospital. El niño salva la vida. Y aquella noche, cuando llega a su domicilio, suplica a su marido abandonar Sudáfrica. Le da vergüenza, dice, ser blanca.

Lieberman no abandona Sudáfrica. Antes al contrario, comienza una trayectoria que la lleva a cargar prácticamente a diario su coche de alimentos y medicinas y repartirlos entre los suburbios negros de Ciudad El Cabo. Enfrentándose, además, a un doble rechazo: para los blancos, es una mujer que ayuda a los negros. Para los negros, es una blanca.
Pese a ello, en Langa –principal suburbio negro de la ciudad, donde vive Jeremy- construye escuelas, ambulatorios, fuentes; distribuye leche y vacunas entre los niños. Sobrevive a un atentado con bomba perpetrado por los servicios secretos del régimen en una sala donde atendía a niños. Y lo hace también cuando se ve atrapada con su coche en una violenta manifestación de tres mil jóvenes negros. Cuando está convencida de su muerte, un joven la reconoce. Le pide a los demás que no la toquen. “Esta mujer es mi madre”, exclama Victor, uno de los “niños negros” de la doctora Lieberman.

En 1994, Nelson Mandela es ya no sólo un hombre libre, sino el principal candidato a la Presidencia del país por el Congreso Nacional Africano. Lieberman va a depositar su voto, cuando se encuentra con que el joven que le recoge la documentación es aquel niño al que una noche ella buscó desesperada en los callejones de Langa. Es, en efecto, el joven Jeremy. que le recoge la documentación es aquel niño al que una noche ella buscó desesperada en los callejones de Langa. Es, en efecto, el joven Jeremy.
Los problemas sociales de Sudáfrica no acabaron, precisamente, con la llegada de Mandela al poder. La nación del “arco iris” tuvo que enfrentarse al SIDA y a los desajustes sociales generados a través de décadas de marginación social. Por ello, Lieberman sigue al frente de la mayor organización social del país, Ikamva Labantu (El Futuro de Nuestra Nación). Esta ONG cuenta con cuenta con más de mil guarderías infantiles, trescientas escuelas de primaria, centros artísticos y deportivos, talleres de rehabilitación, residencias para ancianos, para invidentes, para indigentes, para víctimas del sida. Sus programas atienden a más de un millón de personas en la nación.

En el extremo sur del continente, en el polo geográfico opuesto a Ceuta encontramos, pues, una historia de lucha por la igualdad, por la superación de las dificultades sin tener en cuenta el color de la piel, por construir un futuro en común con independencia de la raza y el origen. Un canto a la igualdad entre blancos y negros, en la vida de una mujer cuyo destino cambió una noche de guardia en el Groote Schuur. Por su trayectoria vital, y por creer que su obra se ajusta, perfectamente, a los valores que inspiran este insigne galardón, desde Onda Cero Ceuta proponemos a los miembros del Jurado, pues, la concesión del Premio Convivencia “Ciudad Autónoma de Ceuta” en su XI Edición a la doctora Helen Lieberman.”

 

Mi ciudad le ha concedido el Premio Convivencia a Helen Liberman, aquí os he copiado la candidatura que presentó Onda Cero de Ceuta.  Me siento orgullosa de ser mujer, y agradezco a Onda Cero y al Premio Convivencia que hagan visible a una mujer que ha intentado y sigue intentando  cambiar la realidad.

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