Días de diciembre

 

Menuda primavera estamos teniendo a finales  de diciembre. Esta mañana con el abrigo en el regazo dejaba que el viento de poniente me despeinara, sólo con   una camiseta y los vaqueros desafiando al calendario.  En la Constitución marcaba veintidós  grados a las once de la mañana.

La gente andaba con prisas llenando las tiendas,  yo bajaba a las mazmorras del Palacio de la Asamblea a desayunar con mis amigos de la Udece.  He echado de menos a la Cum Laude que anda por tierras sevillanas… Me resulta extraño que podamos ser compañeros de partido, pero no es una idea que me moleste, más bien todo lo contrario. Sin embargo no hemos hablado a penas de la posible fusión salvo un periodista que al pasar por allí comentaba que yo más que política pretendo hacer justicia. Casi le tiro el café ante la ocurrencia y las risas de los otros.

En la oficina, como siempre: recogiendo juguetes, buscando mantas, en vacaciones todo anda más tranquilo. Poniendo al día el papeleo que los trajines diarios normalmente no me dejan.

A la salida visita a la plaza (el  mercado) , buscando calamares para rellenar en Noche Vieja, según el estilo y la tradición  de Ceuta. Y ya que andaba he comprado sargos y cangrejos, aguacates y cebollitas pequeñas. Las uvas andaban disparadas de precio pero tenían una pinta que he acabado llevándome un kilo.

Cargada como casi siempre, llego al portal de mi casa y me encuentro a mi vecina.

Mi vecina es una señora mayor, mayor de edad y de ideas. Hace veinte años la hubiesen llamado solterona, a mi me gusta llamarla soltera.

Cuando me vine al barrio, con mi hijo y mi gato,  siempre andaba espiando mis pasos, que si salía mucho, que si entraba tarde, que si tendía mal, que si mi buzón se llenaba de cartas…

Yo la oía como quien oye llover, soportaba estoicamente sus subidas de persianas cuando alguien venía a buscarme o a visitarme  y aprendí a no hacer caso de sus silencios cuando pasaba y sabía que hablaba de mi con otra vecina.

Pensé que se aburría, y como alternativa mis idas y venidas eran una manera de entretenerle los días grises de una vida gris.

Desde hace un año se ha echado una amiga con la que va y viene, quedan con amigos y amigas , salen tarde, llegan tarde y para poco en casa. Ya no noto la persiana que sube cuando salgo del portal, a mi me gusta pensar que anda viviendo su propia vida.

Así que en el rellano, le preguntó por las fiestas, educación obliga y me cuenta que se ha ido a un spa de fuera, lo bien que se lo ha pasado y esas cosas… ante mi sonrisa cómplice me dice:  “ eso es lo que nos vamos a llevar” y yo le digo que si. Que en esta vida lo importante es arrepentirse de lo que se ha hecho, porque lo más triste es arrepentirse de lo que no fuimos capaces de hacer…

“Tú siempre has sabido  vivir” me dice, a lo que yo con los calamares en la bolsa, oyendo los maullidos de mis gatas ante el olor de  mi presencia  le contesto; “ no  es eso, es que yo estoy viva”.

 

 

 

5 respuestas a Días de diciembre

  1. Arturo dice:

    Buen blog, me pasaré por aquí de vez en cuando para ir viendo lo que publicas…

    La otra cara de Ceuta, la que muchos no quieren ver

  2. Nieves dice:

    Me ha parecido ver a “tu vecina” con la descripción y eso hace evocar un tiempo reciente, y pasado. Consigues mis sonrisas con unas teclas, y no me creo que desearas tirarle un café a nadie. Besos.

  3. caberna dice:

    Tal vez contagiaste a la vecina tus ganas de vivir, tu forma de vivir…
    Y ella entendió que la vida es para vivirla… viviendo.
    ¡Viva la vida!

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