Conciliación de la vida laboral

limpiando

Estoy cansada, es sábado y ando cansada. A eso de las ocho de la tarde tumbada en el sofá sin ganas de hacer nada más que tumbarme, pensaba que no es normal estar cansada un sábado que no trabajo.

“Necesitaré vitaminas, quizás sea la edad, una anemia propia de mi sexo  o el natural vago que me acompaña en cuanto me despisto”.

 Hoy no he trabajado y estoy cansada.

Normalmente de lunes a viernes me levanto temprano, empiezo a las nueve de la mañana y termino a las nueve de la tarde, con un intervalo de dos horas para comer y comprar el pan. Desde que acepté dar talleres de igualdad mi tiempo me pertenece menos, también es verdad que aunque cansada me gusta trasmitir a los chavales los conceptos de igualdad y feminismo, algunos no me hacen ni caso pero otros y otras se quedan pillados y aprenden.

Intento sembrar dudas, crear conciencias y originar compromisos. Todo desde la libertad y el respeto al otro, y con la seguridad que siempre aprenderé más de ellos y ellas. Nunca me creo  en posesión de la verdad, pero si con la capacidad de analizar y entender otras posturas, con la critica y la ilusión.

Pero hoy es sábado, no trabajo los sábados, así que aprovechando mi ocio me he dedicado esta mañana a limpiar y dar esplendor a mi casa. Limpiar no me gusta, no me gusta nada, no es un trabajo creativo ni divertido y lo que premia es la meta y no el camino. Me gusta tener la casa limpia. Pasar cuatro horas haciéndolo me aburre y me cansa.

Después de limpiar, como tenía el día libre, pues he ido a hacer la compra de mi casa y de la de mis padres, tres horas en una terrible superficie comercial, guardando colas, paseando por los pasillos y eligiendo.

Más tarde  subir las bolsas a un segundo piso sin ascensor, a casa de mis padres, demasiados kilos de compra para alguien  que como yo que no tiene demasiada fuerza física. Una hora ordenado y colocando en las dos casas…

Así que me veo a las ocho de la tarde tumbada, viendo por enésima vez “La madrina” de televisión española porque no tenía ganas ni de cambiar el canal. Notando como me dolían los pies y las manos y pensando que era sábado no había trabajado y estaba cansada.

Hasta que mi Pepito Grillo feminista, o sea, el espíritu de Lilith me ha susurrado al oído que he caído en el tópico machista por excelencia, creer que el trabajo no remunerado no es trabajo, y que el tiempo que dedico la intendencia de los míos no es tan valioso como el que figura en una nómina.

Avergonzada he calculado las horas que me he puesto  este sábado a hacer lo que no me gusta, lo que supone esfuerzo físico además y a lo que he dedicado siete horas que no cotizarán en ningún sitio.

Así que he descubierto, que ni anemia ni falta de vitaminas, ni mi natural vago…

Es lo común a  la mayoría de las mujeres: seguimos trabajando los días de fiesta.

 

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